El vicepresidente americano JD Vance y Mohammad Bagher Ghalibaf encabezarán una sesión clave marcada por la desconfianza histórica y la urgencia de estabilidad.
La ciudad de Islamabad se convertirá mañana en el epicentro de la diplomacia global al recibir a las delegaciones de Estados Unidos e Irán, con el objetivo de iniciar un proceso de negociación que ponga fin al conflicto armado en Medio Oriente.
Bajo la mediación del primer ministro paquistaní, Shehbaz Sharif, el vicepresidente estadounidense JD Vance y el titular del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, encabezarán una ronda de conversaciones de alta complejidad técnica y política.
Posturas encontradas y líneas rojas
A pesar del esfuerzo mediador, el proceso enfrenta la rigidez de las posturas defendidas por Donald Trump y el líder supremo Mojtaba Khamenei. Washington exige el desmantelamiento total del programa nuclear y de misiles balísticos, la liberación del estrecho de Ormuz, el cese del apoyo a grupos como Hezbollah y Hamas, y el fin de la represión interna.
Por su parte, Teherán condiciona cualquier avance al reconocimiento de su derecho a enriquecer uranio, el retiro de las fuerzas de combate de EE. UU. en la región, reparaciones económicas y el levantamiento integral de las sanciones internacionales.
Factores de tensión y aliados regionales
La intransigencia en los puntos críticos responde a intereses estratégicos de aliados clave. Israel mantiene como línea roja innegociable su ofensiva militar en Líbano y Gaza, mientras que los países de la Liga Árabe dependen de las bases militares estadounidenses para disuadir la influencia de Teherán.
Aunque Trump podría ceder en el levantamiento de ciertas sanciones y resoluciones de la ONU, se prevé una postura inflexible respecto al control de Ormuz y el financiamiento de milicias aliadas a Irán.
El reto de los negociadores
JD Vance asume la representación de Washington con un historial de diferencias tácticas respecto a los métodos empleados en el conflicto, lo que le otorga un margen de maniobra particular. En la contraparte, Ghalibaf llega como una pieza clave para Khamenei, aunque bajo la presión de los sectores más radicales de la Guardia Revolucionaria.
Ambos interlocutores, quienes ya han mantenido contactos confidenciales previos, disponen de un plazo de 15 días para intentar resolver una crisis geopolítica de casi cinco décadas, en un escenario donde las concesiones mutuas parecen, hasta el momento, improbables.
